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Los palos de la A a la Z


Guerra y Postguerra / 1936 – 1955 /

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Introducción

La guerra interrumpió cualquier intento de renovar el género flamenco. Desde los primeros años, allá por 1850, no había hecho más que evolucionar y en julio de 1936, según se puede comprobar por la prensa, se encontraba en su punto álgido en cuando a creatividad y variedad de repertorio. Había cante, toque y baile para todos los gustos, las figuras más destacadas estaban en activo y todo apuntaba a una mayor internacionalización de lo flamenco, no sólo como algo exótico, principal atractivo en los orígenes, sino como muestra de la vanguardia del arte musical y bailable de las Españas.

Chacón había fallecido en 1929, pero muchos otros maestros apuntaban alto en sus propuestas. La guitarra, en manos de Montoya, tendrá en un joven prodigio su relevo, Sabicas. El baile y sus propuestas más arriesgadas seguirán, con La Argentinita, Pastora Imperio o Vicente Escudero, su imparable ascenso a la modernidad con coreografías cada vez más elaboradas. Sin embargo, Carmen Amaya se convertirá en un referente del baile más racial. El flamenco vive, pues, sus mejores años a pesar de que la flamencología ha condenado los años 20 y 30 del siglo XX por superficiales y poco jondos.

El 18 de julio de 1936 los flamencos estaban repartidos por los cuatro puntos cardinales. Allá donde se encontraban en el momento del golpe a la República continuaron como pudieron ejerciendo su magisterio.

Acabada la contienda, y con el país hecho una ruina, los españoles no estaban para mucha fiesta, pero el flamenco seguirá actuando como calmante sobre la sociedad hasta que el poder militar verá pronto su utilidad como medio para afianzar la identidad. Serán los años del bien llamado nacional-flamenquismo. Durante la posguerra, dos nombres se alzarán como símbolos del mejor espíritu flamenco: Manolo Caracol y Lola Flores. Grandes entre los grandes, ejercieron su magisterio durante los años más difíciles, los 50 y primeros 50. Pepe Marchena, Juan Valderrama y otros maestros continuarán como empresarios su labor de llevar el flamenco a todos los rincones de la geografía ibérica, protagonizando los años de la posguerra.

Llegados los años 50, una nueva era comenzará a alzar el vuelo. La época se inicia con una revisión de la historia del flamenco, proponiendo nuevas perspectivas que cimentarán el renacimiento definitivo del repertorio más clásico. Habrá un afán por recuperar cantes perdidos y una radicalización de las ideas con respecto a quién forjó el flamenco, cómo lo hizo, cuando nació y quién lo creó, incluso cómo se confeccionó. Las nuevas teorías se apoyarán en escritos como los de Demófilo, Falla, Lorca o el mismísimo Estébanez Calderón, admitiendo todo aquello que corroborará en mayor o menor medida la nueva ‘ideología’.

El principal elemento que vino a distorsionar la natural evolución del flamenco fue el racial. La puesta en marcha de un discurso que llegaba incluso a negar cualquier participación de los andaluces no gitanos en la confección del género se extendió rápidamente y, por otra parte, se primaba la procedencia del intérprete a la hora de calibrar su valía. Surgieron, entonces, los defensores del cante gitano, los gitanistas, y sus contrarios los antigitanistas, división sin sentido para tantos y tantos aficionados que solo querían disfrutar del cante, el toque y el baile más allá de discusiones de raza y procedencia.

Los estilos también sucumbieron a esa nueva visión del flamenco y de repente se clasificaron como grandes, intermedios y chicos. Esa categorización pondrá en valor algunos estilos, mientras otros serán considerados poco menos que indignos de pertenecer al género.

Pero no todo lo que trajo esa época fue nocivo para el flamenco, el interés cada vez mayor por las variantes del repertorio hizo renacer muchos cantes que estaban en trance de desaparición. Muchos de ellos de actualizaron y reinterpretaron en festivales, tablaos o reuniones de cabales.

Guerra y postguerra

En el aciago año de 1936 el flamenco se encontraba, como decimos, en todo su apogeo. Los artistas más notables viajaban sin cesar ofreciendo lo mejor de su repertorio. El mundo entero se rendía a los pies de los cantes y bailes andaluces. Mientras Antonio Cansino rodaba en Los Ángeles y su hija Rita Hayworth comenzaba a despuntar, Carmen Amaya era María la O y Antonio y Rosario, ‘Los Chavalillos Sevillanos’, triunfaban allí donde ofrecían sus bailes andaluces.

El 18 de julio de 1936 muere en Bayona de Francia Antonia Mercé la Argentina, premonición de que una nueva época llegaba para el flamenco, la más triste de su corta historia. Ese aciago día se inicia una guerra de 3 años y 40 de penitencia, los años del ‘usted no sabe con quién está hablando’, que dijera José Manuel Gamboa.

El estallido de la guerra obligaba a los artistas a estar en un bando u otro, dependiendo de dónde les hubiera pillado el golpe. En Madrid, entre otros, se encontraban Pastora Pavón y su esposo Pepe Pinto, no llegando a Sevilla hasta finalizada la guerra en 1939. Sabicas también se encontraba en la capital participando, como todos, en los beneficios por los heridos en el frente, organizados entre otros por la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), al igual que la Argentinita y su hermana Pilar López que lograron cumplir sus contratos en el extranjero y no regresarían hasta 1945(primera falleció ese año en Nueva York, Pilar la trajo de vuelta desolada). Sabicas, por su parte, saldría para Argentina, donde se uniría a Carmen Amaya, que fue tristemente silbada en Buenos Aires como fascista, aunque en 1945 la encontremos en Nueva York en una función de apoyo a la República Española.

Ramón Montoya, cuyo único defecto, según le decían, era no ser andaluz, reinaba en la guitarra como lo llevaba haciendo desde 30 años atrás. Parte de la guerra la pasó en Madrid, hasta que se trasladó a París, donde ofreció conciertos y grabó las piezas para guitarra sola, el mejor testamento de un gigante de la sonanta, el Johann Sebastian del flamenco.

También se encontraba en Madrid Isabelita de Jerez y su hija Rosa Durán, y la gran Pastora Imperio, que estuvo muy activa durante toda la guerra en el Madrid del ‘no pasarán’, mientras su hermano Víctor Rojas se encontraba en Vitoria, ‘zona nacional’, acompañando a la guitarra a Rafael Ortega y Custodia Romero.

En Cartagena se encuentra el Niño de Marchena, otro de los astros de aquellos años. Organizaba conciertos para las milicias populares. Vicente Escudero vivía en París desde hacía tiempo y estaba al margen de lo que ocurría en España, conviviendo con las vanguardias parisinas y mostrando su baile flamenco en los escenarios más selectos.

En 1938 Manolo Caracol se encontraba en Madrid. Manuel Vallejo y Melchor de Marchena en Sevilla. Los tiempos dorados de las primeras décadas del siglo XX se desvanecerán y serán estos grandes del cante, toque y baile flamenco los que, como un Ave Fénix, renacerán de sus cenizas para seguir cultivando el género que tanto amaban.

Años después, a mediados de los 50 y en pleno franquismo, llegarán los intelectuales con sus teorías, dibujando una historia idílica que poco tendrá que ver con la que se nos revela tras la investigación llevada a cabo por uno pocos estudiosos en las últimas tres décadas.

Como decimos, acaba la guerra, el flamenco alzó poco a pocoel vuelo y dos figuras brillaron más que ninguna otra: Manolo Caracol y Lola Flores. Pericón confesó que, ‘por dos letras’, no salía de su casa gaditana y cada vez que llamaban a la puerta se echaba a temblar temiendo que vinieran a buscarlo por haber cantado, en años de República, dos letras comprometedoras. En 1941, Pastora Imperio, junto a Juanito Valderrama, realizaron giras exitosas por España, formando parte del elenco un joven Curro Terremoto, hermano de Fernando, que entonces contaba 8 años. En 1943 triunfaban en Madrid Canalejas y Juanito Varea, con Montoya y el baile de Rosa Durán.

acidos en la segunda década del siglo XX y, por lo tanto, jóvenes flamencos de la posguerra son el jerezano Tío Borrico, La Pirula de Málaga y Juan Valderrama, Sernita de Jerez, Fernanda de Utrera, la Perla de Cádiz, Paco Toronjo y Sordera de Jerez. En la guitarra destacan Manuel Morao y Mario Escudero, y como bailaores de renombre tenemos a Antonio Ruiz Soler y la jerezana Rosa Durán.

Y entre los nacidos en la década de los 30 encontramos a cantaores como Chocolate, Fosforito o La Paquera de Jerez; en la guitarra a Juan Habichuela, y en el baile a Antonio Gades, Farruco y Mario Maya, estos tres últimos herederos de la escuela de la gran Pilar López.

El sevillano Manuel Serrapí, el Niño Ricardo, será el maestro de la guitarra flamenca de posguerra junto a Melchor de Marchena. Su escuela será la que seguirán los jóvenes nacidos en los 50, Paco de Lucía, Manolo Sanlúcar o Paco Cepero. Todos ellos se mirarán en el prodigioso toque de Serrapí, imitando su personalísimo estilo. Hasta que llegan desde América y en disco los ecos del toque de Sabicas, Ricardo será quien tenga mando en plaza.

Sin embargo, el arte, libre por definición, no encajaba en aquel mundo de mentira. De todos modos, el régimen supo aprovechar bien el ‘folclore’ español y su capacidad para crear identidad nacional, surgiendo así, como ya hemos apuntado, el nominado nacional-flamenquismo, cuyos artistas de bandera serían después ‘castigados’ por ciertos sectores de aficionados por no se sabe qué actitud colaboracionista. Muerto el dictador, pasaron a representar lo peor de aquellos 40 años y Manolo Caracol, Juan Valderrama, Lola Flores y tantos otros fueron relegados a una cultura de folclorismo que poco tenía que ver con los vientos que venían de Inglaterra y Estados Unidos, que con su música pronto invadirían cada rincón de la geografía española, dejando el flamenco casi en el olvido o tildándolo de casposo.

FAUSTINO NÚÑEZ - Flamencopolis ©2011